viernes, 5 de mayo de 2017

“O eres perfecto o te callas”

El que no hace nada le exige al que hace algo que lo haga todo. ¿Con qué autoridad moral? ¿Con qué cara? Que nadie es perfecto ya lo sabemos, ¿por qué solo se culpa de ello, de no ser perfecto, al que, pese a todo, muestra algo de conciencia? Y de manos de quien no tiene la más mínima preocupación por hacer este mundo un poquito mejor, dentro de sus posibilidades, dentro de su voluntad. Pero no, lo que hacen es exigir a los demás lo que ni en sueños se exigirían a sí mismos. Hipócritas y cínicos sabedores de que nadie aguanta una lupa, un examen minucioso de su ejemplaridad ética y moral. A quien plantea la necesidad de acabar con alguna injusticia, se le exige una conducta más allá de la perfección, absolutamente irreprochable, solo porque dijo que no estaba bien que hubiese pobres en un país rico, o que consumiésemos más de lo que realmente necesitábamos, o que comprásemos productos fabricados con el sudor esclavo de algún niño sin presente. A ese osado que se atrevió a levantar la voz, se le exige “ejemplaridad minuciosa”, o si no, el silencio.

Eso es lo que hay detrás de este discurso, eso es lo que esconde en el fondo semejante exigencia: que te calles. Bajo la cantinela de “la coherencia”, se busca que nadie vuelva a sacar las vergüenzas a la palestra, que nadie incomode con lo que todos sabemos. <<Farsante, demagogo, hipócrita, populista… O eres perfecto o te callas>>. Quienes no sufren un ápice de desvelo por los excesos de nuestro sistema, tampoco tienen escrúpulos para insultar y acallar a quienes lo denuncian. No quieren hacer nada y tampoco quieren que los incordien.

Es difícil enfrentarse al sistema desde el sistema. Es duro porque todos somos esclavos de sus necesidades inventadas, sus valores impuestos y sus rutinas innecesarias. Que seamos consumistas forma parte de la lógica neoliberal, y quien toma conciencia de la necesidad de comedir esos excesos, seguramente tendrá que enfrentarse a una inercia de años comportándose de forma reprochable dentro de sus nuevos valores. Es preso de su pasado porque el resto no está dispuesto a perdonarle su impertinencia. Pero lo cierto es que no se cambia todo en un día, salvo que te vayas a la selva a vivir con los lobos, que es lo que seguramente querrían que hicieses aquellos que te insultan por decir la verdad. Y si los lobos te comen, mejor.

Que alguien denuncie la explotación en la industria textil y lleve una camisa de Zara, no le convierte, automáticamente, en un hipócrita demagogo. Es, sencillamente, consecuencia del sistema, y que tome conciencia de algo no implica, sobre la marcha, que se convierta en la Virtud personificada. Debe seguir mejorando. Todos debemos mejorar. Sin reproches, sin culparnos. Pero menos aun quien no tiene intención alguna de hacerlo.

No se puede obligar a nadie a cambiar su comportamiento, a modificar sus costumbres. Pero menos podrá esa persona exigir nada a los demás o, lo que es lo mismo, imponerles el silencio.

Insúltame si quieres, intenta desacreditarme con tu desprecio, con tu demagogia.


Yo no me callaré.

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