jueves, 28 de enero de 2016

Un país de países

Los romanos cimentaron Hispania dando una de cal y otra de arena (concesión de ciudadanía a quienes servían a su Ejército, alivio de la pobreza a cambio de tributos a Roma...), y haciendo su aportación más importante: un orden común, unas reglas que seguían todos y que dotaban de un elemento identitario básico en la aceptación de un gobierno extranjero que, sin embargo, no fue capaz de prolongarse en exceso, pues no supo canalizar ni comprender la diversidad comarcal de las tribus indígenas del territorio.

Es curioso, aunque sea como escena enmarcada interesadamente, ver cómo la cuestión territorial de nuestro país sigue estando en la vida política tantos siglos después. ¿Estuvo en algún momento cerca de solventarse? La respuesta más común sería “no”, sobre todo con la amnesia histórica que sufren los pueblos de España, el rencor en diferido -es decir, nacido de falacias históricas y relatos mediáticos cizañeros- o la visión hegemónica de un Estado uninacional como única vía legítima para hacer política o pensar nuestro país.

Hace tiempo que Catalunya se va, o quizás ya se fue como dice Gabilondo. Muchos son escépticos en esto, y creen que es el enésimo juego teatral de CDC y los partidos mayoritarios del Estado español, puesto que la confrontación entre ruptura y unidad de España, entre independentismo unilateral e inmovilismo, ha servido siempre como hilo conductor de un relato político que sirve de eje central de todo, pero que es tremendamente superficial a la hora de ahondar los temas que ocupan la centralidad, en el sentido de que conforman los hechos verdaderamente importantes que afectan a la sociedad: desempleo, desigualdades, pobreza energética, violencia machista, prestaciones sociales, sanidad y educación... con “la unidad de España” se solventa todo, puesto que se yergue como cuestión prioritaria, lucha común de los “demócratas”, razón última de todo individuo de bien, que concibe España como una nación de un único pueblo, una única identidad, unas mismas costumbres, comportamientos, lengua.

Es difícil, así, ir introduciendo la idea de una España plural, que reconozca la diversidad de sus pueblos y el derecho de autodeterminación, porque en un debate tan superficial, dominado por los discursos sobre nacionalismos absolutos, esta idea se convierte automáticamente en antónimo de la “idea de España” y los valores que se le atribuye desde la hegemonía del discurso, sean “libertad”, “democracia”, “unidad” o “igualdad”. Resulta fascinante: gracias al discurso hegemónico de “la unidad de España”, se logra que una idea que pretende reconocer el derecho a decidir -es decir, defender la libertad y la democracia-, y que apela a la unión por consenso y no por imposición -osea que defiende la unidad y la igualdad-, se convierta precisamente en enemiga de esos valores.

Lo más dramático no es que apenas haya fuerzas y movimientos democráticos que defiendan esta idea, sino que se perciba como novedosa. La historia de España demuestra que siempre hubo una diversidad que no podía ser ignorada, e incluso hubo un tiempo en que se empezó a construir lo que podía llegar a ser esa España plurinacional que hoy defiende únicamente Podemos y las confluencias, a nivel estatal. Resulta entristecedor ver cómo el Partido Socialista en masa se echa las manos a la cabeza ante esta postura, puesto que fue el partido que defendió en la clandestinidad la autodeterminación de los pueblos de España, y que trató sin éxito de constituir varios grupos parlamentarios para reconocer esta realidad fundamental en el Congreso. Entristece, pero no sorprende, puesto que el PSOE del que hablamos hace tiempo que dejó de existir. Hoy tenemos a figuras como Pedro Sánchez que desconocen la historia de su partido, esa historia a la que apelan, orgullosos y ofendidos, pidiendo respeto cuando se les hace una propuesta de gobierno, porque es más fácil indignarse ante la insolencia y “las formas” -esas que perdió Sánchez en su cara a cara con Rajoy- que mojarse en unas negociaciones que, inevitablemente, van a definirles: o buscas un cambio, o no.

Pero volviendo a la cuestión territorial, cuesta entender tanta ceguera. No hace falta conocer la historia, sino atender al presente: ¿alguien puede negar la evidencia de que España es diversa y plural? ¿Alguien puede defender la unidad de tantos pueblos sin reconocer sus particularidades? Esta visión cerrada, obsoleta de un Estado uninacional y centralizado no viene de tan lejos: la España interrumpida por Franco era una España dispuesta a replantear la relación de los distintos pueblos y regiones de España. Fue entonces cuando se impuso, una vez más, la concepción única del Estado, la unidad por la fuerza, el mito de los Reyes Católicos y los Austrias, el militarismo, la moral del nacional-catolicismo, la referencia intelectual de Ramiro de Maeztu, la burguesía de sangre azul y el culto a su figura por la gracia de Dios. Amén.

Una “España irreal”, como la ha definido Fernando García de Cortázar. Una España irreal que sin embargo perdura, y cuyos artesanos defienden con tenacidad, como el niño que agarra su juguete cuando deciden quitárselo para darle la cena. Aquí quieren cenarse a todo el que pretenda “romper España”. Un país podrido de corrupción -en estos días se ha destapado la Operación Taula, con la que se siguen sumando tramas corruptas en nuestra política-, con más desigualdad que nunca, millones de personas en el umbral de la pobreza, cadáveres en fosas sin exhumar tras 40 años de democracia, políticas penitenciarias vengativas con presos condenados por terrorismo, manteniendo viva la llama del odio... ¿Qué es España? ¿Qué quiere decir “romperla”?

España ya está rota.

Vinçent Navarro ha escrito varios artículos reivindicando la plurinacionalidad del Estado español, defendiendo ese proyecto que la Segunda República empezaba a plantear y que los militares golpistas interrumpieron con su sublevación, más todo lo que vino después. Habla orgullosamente de “los pueblos y naciones de España”, porque nuestra diversidad tiene que dejar de verse como un problema, como un síntoma de desunión. Todo lo contrario: la pluralidad nacional del Estado, la plurinacionalidad, es un motivo de orgullo, y así hay que manifestarlo de cara a recuperar la fraternidad con esos pueblos desencantados del proyecto español. Como en Reino Unido, donde se reconoce sin ningún tabú la nacionalidad de Escocia o de Gales, al tiempo que nadie discute los múltiples elementos históricos, culturales y emocionales que les unen, y por los que siguen caminando juntos.

Redefinir España debe ser un objetivo primordial en el proceso de cambio que se ha abierto. Y aunque no sea ahora, cuando las fuerzas del cambio dispongan de todo el respaldo necesario, hay que trabajar inflexiblemente en esta dirección. Pero para ello, es crucial que desde este momento se insista una y otra vez en abrir este debate, en explicar la necesidad de repensar la cuestión territorial del Estado español, no solo porque sea la única solución posible -puesto que es la única que atiende a las evidencias de la realidad-, sino porque servirá para reencontrarnos como sociedad, como pueblos que caminan juntos hacia la construcción de un Estado de naciones. Una nación plural y diversa.

Un país de países.

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