jueves, 10 de diciembre de 2015

Sucia guerra en Siria

París. Qué complejo es todo. Qué complicado entenderlo, aunque lo que dificulta realmente la comprensión es que tratemos de simplificarlo.

Cansados de oír a los dirigentes occidentales condenar el terrorismo, condenar el Mal. Cansados de que clamen al Cielo, de los discursos del “quieren acabar con nuestra libertad”, del “civilización contra barbarie”, de la lucha por los Derechos Humanos. Estamos cansados.

Simplificado: nosotros somos los buenos, desarrollamos democracias y garantizamos libertades a la sociedad, abanderando la defensa de los Derechos Humanos. En contra-posición, los fundamentalistas islámicos y los radicales (los malos) que quieren acabar con nuestra forma de vida por puro fanatismo religioso. Irracional. A nosotros, que vamos a sus países a derrocar a sus dictadores para que sus pueblos vivan mejor en democracias como las nuestras. ¿Solución? Debemos exterminarlos, borrarlos de la faz de la tierra. ¿Y los refugiados, y los muertos civiles? Daños colaterales.

Superadas las arcadas tras el discurso reproducido, tratemos de ir hilando un poco más fino.

1. Se justifica la intervención en Siria (como en Libia, Ucrania, Yemen, Irak, Afganistán...) apelando a los Derechos Humanos (DDHH). Sin embargo, ocurren dos cosas: España -y esto se puede homologar al resto de países europeos, EEUU o Rusia- no garantiza el pleno cumplimiento de los DDHH dentro de sus fronteras. Tenemos vallas con cuchillas que impiden el paso a seres humanos que huyen de la barbarie y de la miseria; los mismos a los que echamos en las infames “devoluciones en caliente”, por las cuales el tribunal de Estrasburgo ha pedido explicaciones; España desahucia mediante una ley que ha sido declarada ilegal por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, cuya autoridad pasa por encima incluso de la normativa estatal; un asunto, el de los desahucios, por el cual la ONU ha acusado a nuestro país de violación de los DDHH. España cierra canales de televisión como HispanTV, con contenido social y de acercamiento de culturas, alegando que se trata de la TV pública iraní, país que viola los DDHH, si bien el Estado español ha hecho negocios con el Estado iraní en multitud de ocasiones.

Suele decir David Fernández: “para condenar todas las violencias, me encontrarán; si es solo una, no me encontrarán”. No podemos estar preocupados por los DDHH en Siria y plantear que por ello es una guerra justa, al tiempo que comerciamos con Arabia Saudí o Qatar. El primero resulta que es uno de los regímenes más despiadados que existen, cuyas prácticas van desde las detenciones arbitrarias a los latigazos, represión y decapitaciones, algunas de ellas en plena calle, colgando luego los cuerpos para que sirva de ejemplo (¿no recuerda un poquito a Daesh?); por su parte, es de sobra conocida la explotación laboral en Qatar, por no hablar directamente de esclavos que trabajan hasta la muerte. Es difícil encontrar países que violen más los DDHH que estos dos aliados de Occidente. El colofón a tanta hipocresía, es la elección de Riad para dirigir el comité de DDHH en la ONU el pasado septiembre. Y aquí chitón.

Por favor: dejen de insultar a la inteligencia hablando de DDHH en relación a Siria o a cualquier otro asunto nacional o internacional. Ni se molesten.

2. Se justifica la intervención en Siria alabando la santa cruzada que pretende librar a los pueblos de sus dictaduras. ¿Quién puede comprar este argumento? Occidente (y en especial EEUU) es quien ha puesto dictaduras a lo largo y ancho del mundo, frenando el progreso de muchos países y desestabilizando las regiones. Y sostiene aquellas dictaduras aliadas que resultan ser grandes socios comerciales. Véase los citados Arabia Saudí o Qatar, u otros como Marruecos y Guinea Ecuatorial; mejor no retrocedemos en el tiempo para recordar las escabechinas en América Latina, porque no terminamos en la vida. Los regímenes depuestos por Occidente no lo han sido por tratarse de dictaduras, sino por ser obstáculos políticos o comerciales.

Irak fue invadido por la supuesta existencia de armas de destrucción masiva, y Saddam Hussein fue juzgado por crímenes de Estado. Aquí podríamos hablar de “justa cruzada” salvo por el hecho de que no existían tales armas, y que el dictador iraquí fue “aliado natural” de EEUU cuando les servía para frenar a Irán como potencia influyente del mundo árabe, a pesar de las atrocidades que cometía contra chiíes, kurdos y disidentes. En esa guerra, por cierto, participó España.

También participamos en Libia, y algunos hacen curiosas consideraciones. Albert Rivera ha declarado que “el error de Libia no fue el bombardeo, sino abandonarlos después”. Semejante análisis demuestra la pésima altura de los políticos de nuestro país, cuyos ojos siguen vendados con el velo norteamericano que los acomplejados europeos nos ponemos de cuando en cuando, y según el cual nuestra santa obra sigue siendo la de librar a los pueblos a bombazos de sus cruentas realidades, pretendiendo desconocer nuestra responsabilidad en dichas situaciones o las consecuencias de nuestras atrocidades para esos países y esas poblaciones. Todavía tenemos que aguantar a candidatos contándonos el cuento de la “guerra justa” contra los demonios terrenales. Como si no hubiera intereses de por medio.

Por favor: no nos hablen de causas puras de liberación de los pueblos, porque es evidente que jamás les ha importado. Ni si quiera cuando se luchó contra el fascismo, que no fue más que un choque de super-potencias disputando la hegemonía del mundo.

3. Se justifica la intervención en Siria con la lucha al terrorismo. Pero, ¿qué es el terrorismo? ¿Moros rebanando cabezas? Es muy fácil percibir en este tipo de simplificaciones el rejo islamófobo y la voluntad de desconocer los orígenes y las causas de estos terribles movimientos violentos. La lucha al terror es falsa: el terror lo ha creado EEUU, lo coordina junto con la OTAN y lo financia junto al resto de Occidente y sus aliados. Hillary Clinton ha admitido que EEUU creó, entrenó y armó en Pakistán a las milicias que hoy conocemos como Al Qaeda para luchar contra los soviéticos en Afganistán. Y el auto-proclamado Estado Islámico nace de pequeños grupos que se separan de tan maravillosa creación. A su vez, son financiados por generosos donativos de países como los una y mil veces citados Arabia Saudí y Qatar, nuestros grandes aliados, al igual que por la venta de petróleo a dichos países, que a su vez nos lo revenden a nosotros. Está más que documentado: de una forma u otra, todos financian al Estado Islámico.

Con Daesh es difícil hablar simplemente de grupo terrorista. Poseen amplios territorios de Irak y Siria, y tienen el control de varias fuentes de petróleo que son hoy una de sus principales fuentes de financiación, una financiación jamás vista hasta ahora en otros grupos terroristas.

El periodista Alain Gresh escribía en la edición en español de Le Monde Diplomatique del pasado abril un interesante artículo en el que citaba a Larbi Ben M´hidi, figura de la revolución argelina al que detuvo el ejército francés en 1957; al ser preguntado sobre las bombas que ocultaban en carritos de bebé, Ben M´hidi respondió: “Dennos sus aviones, y nosotros les daremos nuestros carritos de bebé”.

El lenguaje es tremendamente tramposo. Hablar de terrorismo supone, automáticamente, hacer una separación moral e ideológica. Pero, ¿cuáles son las diferencias? En el citado artículo, Gresh comenta: “¿Miembros de la resistencia? ¿Combatientes de la libertad? ¿Delincuentes? ¿Bárbaros? Se sabe que el calificativo 'terrorista' siempre se aplica al Otro, nunca a 'nuestros combatientes' […]. el terrorismo puede definirse […] como una forma de acción, no como una ideología”. Nada tiene que ver el IRA con ETA, el PKK con Boko Haram, o ISIS con la OLP. Lo único que tienen en común es la acción armada, y ésta también la ejercen los ejércitos occidentales, solo que unos disponen de aviones y otros de carritos de bebé. Si el terrorismo es la siembra del terror, cualquier Ejército invadiendo y bombardeando un país responde a esta definición. Si es la tortura, cualquier Estado occidental responde a la misma definición.

Hablar de terrorismo sirve únicamente para legitimar nuestras posturas, pero no explica la existencia de grupos extremistas ni su violencia despiadada, ni explica las verdaderas razones de una invasión, ni explica la aparente incapacidad de Occidente para vencerles o para defendernos de ellos. Simplificarlo todo al “terrorismo”, no sirve para absolutamente nada.

¿Qué demonios están haciendo en Siria? En Siria pelean “rebeldes” contra el régimen de Bashar Al Asad, luchan milicias kurdas contra Daesh, lucha Turquía, luchan Rusia y EEUU, lucha Francia. Esto configura un embrollo de intereses entremezclados que insta a las simplificaciones a las que nos tienen acostumbrados. Algunos medios han hecho “guías” para tratar de explicar este juego de intereses, y la periodista Nazanín Armanian plantea algunas lúcidas razones de esta guerra. Al Asad, evidentemente, quiere preservar su poder, para lo cual cuenta con el apoyo de Rusia, que tiene una base militar allí y múltiples intereses comerciales -como el resto, pues Siria representa un punto clave para el tránsito de petróleo e hidrocarburos-. Francia parece bombardear con el estómago, herida por la tragedia de París y dispuesta a acabar con Daesh, pero parece evidente que los bombardeos jamás han servido para acabar con la peste del terrorismo internacional, sino para acabar con decenas de miles de personas, de esas que no nos importan. Y en cualquier caso, Francia es uno de los países de la UE que más armas vende a nuestros peligrosos aliados del Golfo Pérsico, así que hay un grave conflicto entre sus intereses políticos y sus intereses comerciales. Turquía se unió hace poco a la fiesta, como buen aliado de EEUU (derrumbando, de paso, un avión ruso), con el objetivo oficial de acabar con Daesh pero, con la excusa, también está bombardeando posiciones kurdas; es bien sabido el problema de Turquía con el pueblo kurdo, que lleva exigiendo la obtención de un Estado independiente desde hace siglos. En su lucha, los kurdos se han convertido en la principal fuerza contra el Estado Islámico, aunque parece evidente que parte de sus intereses reside en hacerse con una porción del banquete sirio para cumplir su cometido histórico.

Ojalá terminara aquí. Arabia Saudí e Israel llevan mucho tiempo disputándole la hegemonía del mundo árabe a Irán. De hecho, Israel dispone de armas nucleares y se opuso por todos los medios al acuerdo nuclear EEUU-Irán, que dadas las condiciones de veto, más bien parece un permiso norteamericano que el país árabe puede perder en cualquier momento. En esa disputa, como cuenta Nazanín Armanian, Irán tiene un proyecto junto a Irak y Siria: un gaseoducto que dé salida al Mediterráneo. Y Arabia Saudí, junto a Qatar, Bahrein y también Israel, no puede permitirlo. Ésta es la clave de todo, encontrar una respuesta, un “gaseoducto árabe”, que anule los propósitos comerciales de Irán y de Siria. Por ello, los saudíes también están influyendo en el conflicto: hay multitud de expertos y corresponsales que hablan de los supuestos rebeldes sirios, que no son más que mercenarios entrenados y financiados por la Casa de Saud y por EEUU, presos condenados a muerte a los que se les perdona la vida a cambio de que luchen con la Yihad y que vayan drogados a la guerra, con el único propósito de crear allí un régimen gobernado por la Sharía; esto demuestra el sorprendente aguante del ejército sirio y de Al Asad (que prácticamente se enfrentan a todos), puesto que son muchos más los desertores en los grupos rebeldes. Al Nusra (corriente siria de Al Qaeda), ISIS, rebeldes sirios... todos son lo mismo: mercenarios, asesinos y terroristas que sirven para un propósito, el del Consejo de Cooperación del Golfo (Bahrein, Kuwait, Omán, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí), por establecer regímenes sunnitas a su alrededor para empezar a construir un nuevo equilibrio en la región, dominado por los saudíes y con el beneplácito de EEUU. Porque aún no hemos hablado de EEUU.

La política exterior de EEUU no ha cambiado mucho: se trata de desestabilizar las distintas regiones para frenar el progreso de los países, de manera que cualquier equilibrio que se construya sea lo suficientemente dócil como para asegurar sus intereses económicos y lo suficientemente inestable como para derribarlo rápidamente si la evolución de los acontecimientos no les es propicia. Y poder así cumplir con las grandes premisas: 1) Aquello que quiero, lo tomo. 2) Puedes ser mi socio o mi esclavo. 3) O estás conmigo o estás contra mí.

Estados Unidos creó al Daesh y ahora dice que quiere destruirlo. No es cierto. Daesh propicia la inestabilidad necesaria para sus intereses, y por ahora no parece representar una amenaza real para sus fronteras (problema que sí tiene Europa). Los daños que puedan causar estas organizaciones son colaterales, entran dentro de los cálculos previstos. EEUU continúa su imperialismo belicista para seguir siendo la única potencia del mundo y, con la complicidad -o servilismo- de Europa, ponen frenos como sea a las distintas potencias del planeta: Brasil en Sudamérica, Rusia en Europa, China en Asia Oriental e Irán en el Medio Oriente.

Irán. La razón de todas las razones. Irán es, sencillamente, el objetivo final. Lo ha sido siempre. Lo único seguro en este conflicto, que hace ya tiempo que dejó de considerarse “guerra civil”, es que Siria jamás se recuperará. El gaseoducto Irán-Irak-Siria es, seguramente, historia, y el conflicto ha servido de excusa para movilizar a la OTAN alrededor de Irán, igual que se acercó de forma provocativa a Rusia con la crisis de Ucrania. Además, la OTAN supervisa el contrabando de petróleo por parte de Daesh, mientras EEUU sigue fragmentando Irak y Siria con sus bombardeos, destruyendo la región y facilitando el trabajo a sus (nuestros) perversos aliados del Golfo.

Y entre medias, nuestros políticos hacen corro para firmar el pacto anti-yihadista, en el cual no se cuestionan nuestras relaciones con países patrocinadores del terrorismo, ni se cuestiona la relación entre la radicalización de tanta gente y la situación socio-económica que puedan estar viviendo, ni se plantea responder al ISIS con campañas mediáticas (una de sus fuentes de reclutamiento), ni la persecución del dinero proveniente de los beneficios de la guerra, ni la investigación de la financiación del ISIS, acabando con el secreto bancario. El pacto no es más que una foto con ciertos elementos interesantes, pero basado casi en su totalidad en un mayor control en pos de nuestra seguridad, y que obscenamente parece esconder también intereses partidistas con esa cantinela de “la unidad de los demócratas”.

Tristes años nos esperan con tan poca altura política.

Cuatro conclusiones

1. No hay ni que apelar a la solidaridad. Cuando haces algo y tus actos traen consecuencias, debes responder por ellos. Los refugiados que llegan en bandadas a Europa huyen de masacres diarias como las de París. Huyen de una guerra que no eligieron, sino que eligieron aquellos que gobiernan a quienes nos gobiernan. Y los pueblos europeos no hemos si quiera intentado quebrar esas relaciones de poder. Nuestra responsabilidad con los refugiados está fuera de toda discusión.

2. ¿Hay alguien que gane y no pierda en esta miserable guerra? Desde luego, no son los países. Los únicos que ganan son aquellos que comercian con la muerte: las empresas armamentísticas. Y los narcos del Captagón.

3. En esta basura de guerra, como en cualquiera que no defienda exclusivamente la soberanía de un pueblo, no existe ningún valor salvo el dinero. No hay legitimidad alguna en lo que se está haciendo, ni en lo que haremos nosotros tras el 20D, si siguen gobernándonos títeres del lobby armamentístico. Y evidentemente, nuestra seguridad es lo último que les importa.

4. Decir “no a la guerra” es apostar por la construcción de nuevos equilibrios geopolíticos, nuevas relaciones internacionales cuyos objetivos sean la cooperación mutua en busca del mutuo desarrollo, a través del humanismo, de pensar como especie -que diría Mujica-, y a través de la Paz, renunciando a los insaciables intereses económicos.

Pero eso era demagogia, ¿no?

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