sábado, 25 de julio de 2015

Bálsamo para el independentismo

En su extensa obra Breve historia de España, Fernando García de Cortázar se plantea si puede hablarse de “historia de España o historia de los españoles”. Explica en sus primeras páginas, y para entender la evolución de nuestra sociedad, que el “flujo 'europeizante'” lograría atravesar la barrera de los Pirineos, y que “la herencia continental llegaría […] con añadidos y mestizajes que imponen un sello original a las creaciones hispanas”. Más tarde continúa explicando cómo las redes de comunicación a lo largo del territorio estuvieron bloqueadas, generando aislamientos, hasta el S. XX, y afirma que “La orografía rompe la Península en distintas regiones geográficas que, con el quehacer de la Historia, cristalizarán en una honda 'comarcalización' cultural”.

La concepción de “unidad” en España siempre fue fallida. La voluntad de entender nuestro país como una comunidad homogénea al abrigo de nociones culturales ajenas a tantas regiones y a tantos sectores, generó siempre un profundo desapego de muchísima gente al norte de Ebro, y también en otros sitios. Y nuestra historia reciente está plagada de elementos exclusivos de lo que debía ser España, elementos incapaces de integrar o incluir la diversidad cultural que nuestra historia nos ha regalado. Esa incapacidad se traduce en odio, en intolerancia, porque nuestra sociedad se ha vuelto tan mediocre que no puede aceptar que muchos de los catalanes -y también de los vascos, y de los gallegos, y de los valencianos...- no sientan conexión con lo español, con el proyecto que este país tiene para su pueblo. Ni si quiera somos capaces de preguntarnos a qué se debe este desapego, este rechazo por su parte; simplemente devolvemos el raquetazo, pero con más violencia. La agresividad contra catalanes y vascos es, a veces, escalofriante.

Esto no es un tema menor: en el mundo hay y ha habido muchos territorios con problemas de independentismo (Flandes en Bélgica, Chechenia en Rusia, el triste caso de Kurdistán, el Tíbet en China, o Yemen del Sur). Lo que se demuestra en muchos de estos casos, y teniendo una visión global y superficial, es que el independentismo se nutre y germina de la exclusión y la violencia institucional. Sin ir más lejos, muchos españoles se convirtieron al Islam a partir del 711 d. C., sencillamente porque la oligarquía del reino se había alejado demasiado del pueblo, y el “nuevo reino” era más seductor. La Patria se pierde en palabras vacías cuando descuidas a la gente y socavas sus libertades.

Por otro lado, los mal llamados independentistas catalanes, han aprovechado los mitos de la Historia para construir un imaginario nacional bastante interesado, que además no siente la menor culpabilidad por malbaratar el independentismo y jugar con los sentimientos de quienes realmente quieren expresar su autodeterminación, quienes se niegan a indefinirse a la sombra de una bandera Rojigualda que no acepta ni tolera -o no ha entendido- las diferencias culturales de todos aquellos a los que quiere acoger en su seno, aunque sea por la fuerza. Hoy el contexto no es de violencia, pero sí de agresividad, de intolerancia. Y siendo críticos, esto lo han articulado también los partidos independentistas, que vendieron Patria y facturaron moneda española y luego europea en bancos suizos. El Clan Pujol debería ser un episodio de vergüenza para la historia política de Cataluña y un tema de reflexión para los catalanes. Quizás la cuestión no sea la independencia nacional, sino el proyecto de país. Y esto pasa, probablemente, por empezar a tomarse en serio ese debate que lleva tiempo alzando la voz y que sostiene que España es un país de países. Esta tesis asume automáticamente la integración de todos.

En una entrevista que Risto Mejide hizo a Joaquín Sabina en fechas cercanas a la Diada del pasado septiembre, el cantautor, cuyas opiniones políticas a menudo me decepcionan, tuvo un ligero momento de lucidez al hablar del independentismo: Hay una falta de pedagogía brutal. Parece una tontería pero, como las palabras son sagradas, a lo mejor a los catalanes les bastaba con poder hacer como los irlandeses, que dicen 'no somos ingleses', ¡y no lo son! Están en Reino Unido. ¿Por qué nadie jamás les ha explicado que si se cambia esa palabra a lo mejor se 'balsaman' muchas cosas que están ardiendo? Un catalán dice 'yo no soy español' y a la gente se le ponen los pelos de punta”. De alguna manera, lo que viene a sugerir es que, a lo mejor, el asunto es tan sencillo como permitir -o entender que no es una cuestión de permiso- que los catalanes se definan a sí mismos como lo que quieran ser. Esto no es una cuestión superficial, podemos encontrarnos con otros territorios a los que se les ha concedido ciertos “títulos”: la provincia de Quebec, por su idioma, su cultura, etc, fue reconocida por el Parlamento canadiense como una “nación dentro de Canadá”, una etiqueta sin repercusión legal, pero que tiene cierto significado social y cultural, y “suaviza” (con todas las complejidades que existen) las posibles tensiones; y, evidentemente, encontramos casos como el irlandés o el escocés, donde la inquina por su sentido de identidad no se acerca ni de lejos a la que vivimos en España. A lo mejor la represión, la violencia o el rechazo pueden ganar a veces, pero jamás limarán las tensiones.

Se tiene que dialogar, y si finalmente hay que hacer un referéndum para que los catalanes decidan si siguen formando parte de España, pues se hace; eso sí, se pone en marcha todo un aparato de propuestas para el proyecto de país que tenemos en España y se inicia un diálogo con los sectores de la sociedad catalana para hablar de todo aquello que tenemos en común y que aun merece la pena. No se impone, como si fuéramos romanos, un modelo de cultura que integra por la fuerza. Se pone toda la carne en el asador para encontrar todos los rasgos comunes y todas las virtudes de nuestra diversidad como comunidad. Este proceso de diálogo apenas se llevó a cabo en el Reino Unido y, aún así, en el referéndum de la independencia de Escocia ganó el “No”. En una sociedad avanzada, que se dice “democrática”, no podemos tener miedo a preguntar.

Por último, cabe reflexionar sobre lo que está pasando en los últimos días: Ada Colau ha sido nombrada alcaldesa de Barcelona y ciertamente se percibe un cambio en la ciudad. Barcelona en Comú defiende el derecho a la autodeterminación y estará en la próxima Diada, pero no ha firmado la hoja de ruta independentista de ERC. Lo que ha hecho, es frenar un desahucio en el Distrito de Nou Barris al día siguiente de investir a Colau. La alcaldesa acudió a calmar a los vecinos debido a que no había constancia de que se hubiese paralizado el desahucio, al igual que otros cuatro de los nueve programados para ese día; en estos días se reúne con todos los actores que intervienen en dichos procesos en la Mesa de Prevención de Desahucios para revisar y mejorar los protocolos y la organización. También se retira de la carrera por los Juegos Olímpicos de Invierno, al juzgar que no son una prioridad, y se ha iniciado la creación de un censo de niños con malnutrición. Días después se rompe CiU. Ya no hay Convergència “i” Unió. El proyecto independentista, de repente, empieza a perder legitimidad, o por lo menos, parece haber pasado a un segundo plano.

No es que el independentismo deba ser ignorado, no podemos ignorar a las miles y miles de personas que salen a la calle cada Diada. Lo que ocurre es que, cuando se utiliza como instrumento político para focalizar todos los males de la sociedad catalana en ese espectro que es el “Estado español”, fácilmente se descubre la trampa. Ada Colau tiene un proyecto para Barcelona, y éste pasa primero por poner en marcha medidas sociales y de rescate ciudadano y, luego, por regenerar las instituciones para empezar a cambiar las relaciones de poder y soberanía. Cuando esto trascienda a todo el país y realmente exista un proyecto común, integrador e inclusivo, que deje a un lado el nacionalismo español, tan agresivo o más que cualquier otro, tan autoritario, y cuando dicho proyecto pase por entender que somos un país de países, y lo identifique como un valor, entonces España estará preparada para enfrentar democráticamente el debate sobre la independencia de los pueblos, porque sabrá seducir a quienes sienten que este país no es el que quieren tener.




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